Las donaciones se hacen solo por PayPal. Las tarjetas no están invitadas… igual que muchos políticos a la coherencia.

Opinión Personal


“La autoexigencia que nunca se sacia: cuando nada es suficiente, ni siquiera tú”

Creo que la autoexigencia es una de esas trampas que parecen virtudes. Desde fuera se ve como disciplina, compromiso, responsabilidad. Pero por dentro, cuando la vives de verdad, es una voz que nunca se calla. Una voz que te dice que podrías haber hecho más, que podrías haberlo hecho mejor, que podrías haber llegado antes. Una voz que no celebra, solo señala lo que falta.

Lo más duro es que la autoexigencia no nace del deseo de crecer, sino del miedo a no ser suficiente. Es una forma de intentar ganarte tu propio valor a través del rendimiento. Como si tu derecho a descansar, a equivocarte, a existir, dependiera de lo que logras. Y así, sin darte cuenta, empiezas a tratarte como un proyecto, no como una persona.

La autoexigencia que nunca se sacia tiene un patrón muy claro: cada vez que alcanzas algo, la meta se mueve un poco más lejos. Nunca llegas. Nunca es “ya está”. Nunca te permites sentir orgullo porque siempre hay un “sí, pero…”. Y ese “pero” es lo que te roba la paz.

También creo que la autoexigencia se alimenta de la comparación. Ves lo que otros hacen, lo que otros muestran, lo que otros logran, y automáticamente subes tus estándares. No porque lo necesites, sino porque sientes que deberías. Y ese “debería” es una cárcel emocional.

He aprendido que la autoexigencia no se combate con más esfuerzo, sino con más compasión. Con permitirte ser humano. Con aceptar que no siempre vas a rendir igual. Con entender que descansar no te hace menos valioso. Con reconocer que tu valor no depende de tu productividad.

La autoexigencia que nunca se sacia es una herida, no una virtud. Y como toda herida, necesita cuidado, no castigo.

Quizá la clave esté en cambiar la pregunta. En vez de “¿cómo puedo hacer más?”, preguntarte “¿qué necesito para estar bien?”. Porque cuando empiezas a tratarte con la misma paciencia que tratas a los demás, la voz interna deja de exigir y empieza a acompañar.

Y ahí, por fin, aparece un espacio donde puedes respirar sin sentir que estás fallando.


Deja un comentario

Descubre más desde DeProfesionPolitico

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo