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La multiplicación milagrosa de los puestos “necesarios”

Hay un fenómeno casi místico en la administración pública contemporánea: la capacidad de generar funcionarios no necesarios con la misma facilidad con la que un mago saca pañuelos interminables de un sombrero vacío. Ayuntamientos duplicados, oficinas que gestionan otras oficinas, chiringuitos que supervisan chiringuitos, departamentos que producen informes que nadie leerá pero que justifican la existencia de otros departamentos que tampoco sirven para nada. Es una coreografía perfecta de inutilidad institucional.

Lo fascinante es que este crecimiento no responde a una necesidad real, sino a una lógica impecable: cuantos más puestos inútiles se crean, más gasto público se necesita; cuanto más gasto público, más impuestos; cuanto más impuestos, más pobreza; y cuanto más pobreza, más material para la siguiente campaña electoral.

Es un círculo virtuoso… para ellos. Y un círculo vicioso… para todos los demás.

La estrategia es tan transparente que duele. Primero se infla la estructura administrativa como si fuera un colchón hinchable de feria. Se crean cargos, subcargos, coordinadores de coordinadores, asesores de asesores, y observatorios que observan cómo otros observatorios observan. Todo con un lenguaje técnico impecable, lleno de palabras que suenan importantes pero que no significan absolutamente nada.

Después llega la fase dos: “No hay dinero, hay que subir impuestos.” Una frase que se pronuncia con la solemnidad de un sacerdote anunciando una penitencia divina. Y claro, ¿cómo no creerlo? Si cada nuevo chiringuito cuesta lo que cuesta un pequeño país, es lógico que el contribuyente tenga que apretarse el cinturón hasta que deje de respirar.

La fase tres es la más brillante: la pobreza generada por este mismo mecanismo se convierte en el argumento estrella de la siguiente campaña. “Hay que luchar contra la desigualdad.” “Hay que proteger a los vulnerables.” “Hay que ayudar a quienes peor lo están pasando.”

Por supuesto que están peor: los han dejado peor a propósito.

Es como si un pirómano se presentara como bombero voluntario. Como si quien te empuja al pozo te ofreciera después una cuerda… a cambio de tu voto.

Y lo más doloroso es que funciona. Funciona porque la maquinaria está diseñada para que funcione. Funciona porque la pobreza no es un accidente: es un recurso político. Funciona porque la precariedad es el combustible perfecto para vender esperanza en frascos vacíos.

Mientras tanto, el contribuyente —ese ser mitológico que sostiene todo sin recibir nada— observa cómo su dinero se evapora en estructuras que no producen valor, en cargos que no aportan nada, en oficinas que no resuelven problemas sino que los fabrican.

Y cuando pregunta “¿por qué?”, la respuesta es siempre la misma: “Porque es necesario.”

Claro que es necesario. Pero no para el país. Para la maquinaria que vive de él.


Y así seguimos, año tras año, viendo cómo se multiplican los cargos innecesarios como si fueran gremlins mojados, cómo crece la burocracia como una mala hierba regada con dinero público, y cómo el contribuyente observa impotente cómo su cartera se convierte en un fósil arqueológico.

Pero lo mejor —lo realmente sublime— llega al final del ciclo, cuando los mismos arquitectos del desastre se presentan ante nosotros con cara compungida, voz temblorosa y un PowerPoint lleno de gráficos alarmantes para anunciarnos que, sorpresa, la pobreza ha aumentado. Qué tragedia. Qué misterio. Qué inesperado.

Y entonces, con la solemnidad de un vendedor de humo profesional, prometen combatir esa pobreza que ellos mismos han fabricado con la precisión de un relojero suizo. Prometen salvarnos del incendio que ellos mismos han provocado. Prometen rescatarnos del pozo al que nos empujaron con entusiasmo administrativo.

Es un espectáculo tan grotesco que debería cobrarse entrada. Un circo donde los payasos no hacen reír, los malabaristas tiran las pelotas al público y el domador ha sido devorado por el león hace años. Pero ahí seguimos, aplaudiendo, porque nos han convencido de que no hay otro circo posible.

Y mientras tanto, los chiringuitos siguen creciendo, los impuestos siguen subiendo, la pobreza sigue expandiéndose y el contribuyente sigue pagando la fiesta sin haber sido invitado.

Al final, la gran obra maestra del sistema no es la gestión pública, ni la eficiencia, ni el bienestar social. La gran obra maestra es haber conseguido que la gente agradezca las migajas… después de haberles quitado el pan.

Ese es el verdadero milagro. La alquimia perfecta. La pobreza como estrategia. La miseria como herramienta. El contribuyente como recurso renovable.

Y lo más cruel de todo es que, cuando llegue la próxima campaña, volverán a prometer lo mismo. Y muchos volverán a creerlo. Porque en este país, la esperanza es gratis… pero la factura siempre la paga el mismo.


P.S.:

Que nadie se engañe: el sistema no quiere ciudadanos, quiere contribuyentes dóciles. No busca prosperidad, busca dependencia. No administra recursos, administra resignación. Y cada nuevo chiringuito, cada puesto inventado, cada despacho que no sirve para nada es un recordatorio silencioso de que la pobreza no es un fallo del sistema… es su combustible. Así que cuando vuelvan a prometerte soluciones, recuerda: no vienen a apagar el fuego. Vienen a venderte el extintor después de rociarte de gasolina.


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