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🎭LA TRILOGÍA MALDITA DEL PODER

Incompetencia, Mediocridad y Corrupción: una epopeya de teatro podrido

Hay épocas en las que el poder se vuelve un espejo roto. No refleja grandeza, ni visión, ni liderazgo. Refleja tres sombras que se han convertido en las “cualidades” esenciales del político del futuro: la incompetencia, la mediocridad y la corrupción. Una trinidad profana, un altar donde se sacrifica el sentido común y se canoniza la decadencia.

Y lo peor: no es tragedia. Es teatro. Teatro asqueroso, doloroso, como frotar sal en una herida que aún late.

ACTO I — La Incompetencia: la reina sin corona

La incompetencia entra en escena como quien no sabe que está en un escenario. Tropieza, sonríe, improvisa, destruye. No entiende el guion, pero exige protagonismo. No sabe nada, pero habla como si supiera todo. No tiene talento, pero tiene una fe ciega en su propia torpeza.

La incompetencia es la puerta de entrada al poder moderno: no molesta, no cuestiona, no piensa. Solo ejecuta, mal, pero con entusiasmo.

Es la virtud perfecta para un sistema que prefiere marionetas antes que mentes.

Y duele. Duele porque no es un error: es un estilo de gobierno.

ACTO II — La Mediocridad: el moho que lo cubre todo

La mediocridad no entra: se filtra. Se cuela por las grietas, se adhiere a las paredes, se multiplica en silencio. No destaca, no brilla, no incomoda. Es el nivel exacto donde nadie es suficientemente bueno para mejorar nada, ni suficientemente malo para ser expulsado.

La mediocridad es el sofá mullido del poder: cómodo, tibio, anestesiante. Es la excusa perfecta para justificar lo injustificable. Es la voz que dice: “Bueno, tampoco es tan grave”. Y así, lo grave se normaliza. Lo absurdo se institucionaliza. Lo inaceptable se vuelve rutina.

La mediocridad no mata rápido. Te pudre lento.

ACTO III — La Corrupción: la diva que cobra por existir

La corrupción no actúa: cobra por actuar. Entra en escena con la seguridad de quien sabe que el teatro entero le pertenece. Se maquilla con contratos, se perfuma con favores, se viste con la piel de la impunidad.

Es la amante oficial del poder. La que convierte la incompetencia en negocio y la mediocridad en sistema operativo.

La corrupción no es un accidente. Es el clímax. El orgasmo institucional. La fiesta privada donde se reparten lo que no les pertenece.

Y arde. Arde porque la corrupción no se esconde: se exhibe.

EPÍLOGO — El público sangra, pero aplaude

Las luces se apagan. Los actores se inclinan. La incompetencia sonríe satisfecha. La mediocridad recoge sus migajas. La corrupción cuenta la taquilla.

Y el público, herido, salado por dentro, aplaude porque no sabe si está viendo una obra o viviendo dentro de ella.

Lo más doloroso no es la función. Lo más doloroso es saber que mañana hay otra. Y pasado. Y siempre.

Porque mientras estas tres “cualidades” sigan siendo los requisitos del poder, el futuro político no será una tragedia ni una comedia: será un ritual de decadencia, una epopeya sin héroes, un teatro donde la herida nunca cierra y la sal nunca falta.


PS:

Al final, lo más devastador no fue descubrir cómo funcionaba el poder, sino aceptar que siempre estuvo ahí, a plena luz, sin máscaras ni vergüenza. La incompetencia no se escondía: se celebraba. La mediocridad no era un accidente: era el estándar. Y la corrupción… la corrupción nunca fue sombra, sino lámpara. Lo insoportable no es que todo esto exista, sino que aprendimos a convivir con ello, como quien se acostumbra al dolor crónico hasta confundirlo con parte del cuerpo. Si algo queda después de estas páginas, que sea esto: la herida sigue abierta, y la sal no deja de caer. Porque la realidad no espera a que la entendamos; simplemente sigue, implacable, mientras nosotros decidimos si seguimos aplaudiendo… o por fin nos levantamos de la butaca.


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