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Tres Años Sin Presupuestos: Crónica de un Gobierno que Funciona con Pilas del Chino

Hay países que gobiernan con presupuestos.
Y luego estamos nosotros, que gobernamos con presupuestos fósiles, como si el Estado fuera un museo arqueológico donde cada partida presupuestaria lleva una etiqueta que dice: “No tocar, pieza histórica”.

Tres años sin aprobar unos nuevos.
Tres años tirando de los mismos números, como quien sigue usando un Nokia 3310 porque “todavía llama”.

🧨 La verdad incómoda: no se aprueban porque no salen los números ni con magia negra

El Gobierno explica que no presenta presupuestos porque “no hay apoyo parlamentario”.
Qué ternura.
Como si el Parlamento fuera un ente caprichoso y no un espejo que refleja exactamente lo que hay:
una aritmética tan imposible que ni un matemático borracho la firma.

Intentar aprobar unos presupuestos aquí es como intentar montar un mueble de IKEA sin tornillos, sin instrucciones y con un diputado escondiendo la llave Allen por diversión.

🧮 La prórroga eterna: el deporte nacional

En otros países, prorrogar presupuestos es una emergencia.
Aquí es un hobby institucional.

Los presupuestos prorrogados son como ese yogur caducado que sigues comiendo porque “total, no me ha matado todavía”.
Y así vamos:
gestionando un país con cifras que ya no representan ni la realidad, ni la inflación, ni el precio de un café en 2026.

Pero oye, mientras el Excel abra, todo bien.

🏛️ Gobernar sin presupuestos: la versión política del “modo ahorro de energía”

Gobernar sin presupuestos nuevos tiene ventajas, claro:

  • No hay que negociar con nadie.
  • No hay que pactar nada.
  • No hay que convencer a ningún socio.
  • No hay que explicar por qué no se explica nada.
  • Y lo mejor: si algo sale mal, siempre se puede culpar a “los presupuestos prorrogados”.

Es el equivalente institucional del “yo no fui, fue el que estaba antes”.

🔥 El Parlamento: ese lugar donde todos quieren tener razón pero nadie quiere tener números

Cada grupo parlamentario pide cosas incompatibles entre sí, como si estuvieran jugando al bingo con los ojos vendados:

  • unos quieren más gasto,
  • otros menos,
  • otros lo contrario de lo que querían ayer,
  • y otros directamente quieren que no haya presupuestos para poder decir que no hay presupuestos.

Es un ecosistema perfecto:
todos ganan… excepto el país.

🧩 La moraleja corrosiva

Tres años sin presupuestos no es un fallo.
Es un modelo de gestión.
Una forma de vida.
Una declaración de principios:

“Si no podemos aprobar nada, tampoco vamos a intentarlo.
Total, el país ya está acostumbrado.”


PS:

Tres años sin aprobar presupuestos no es una anomalía democrática. Es la nueva normalidad administrativa, como el café frío en los ministerios o a las ruedas de prensa sin preguntas.

Aquí nadie se atreve a presentar unas cuentas nuevas porque eso implicaría negociar, pactar y, peor aún, ceder algo.
Y claro, para qué arriesgarse a sumar cuando puedes seguir gobernando con los mismos números que cuando la gasolina costaba la mitad y la inflación era un mito urbano.

Al final, lo de no aprobar presupuestos es casi un acto de sinceridad:
si no hay mayoría para gobernar, tampoco la habrá para presupuestar.
Así que mejor dejarlo todo prorrogado, como quien deja la ropa en la silla “para mañana” durante tres años.

Total, mientras el país no explote, siempre se puede decir que “estamos trabajando en ello”.
Y si explota, también.


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