En España tenemos un misterio económico digno de serie de Netflix: los hoteleros no encuentran trabajadores. No porque no existan, claro, sino porque, al parecer, los trabajadores reales no cumplen con el perfil ideal del sector:
- disponibilidad total,
- sonrisa permanente,
- 12 horas de pie,
- sueldo de 1.100 euros,
- y agradecimiento eterno por la oportunidad.
Un unicornio laboral, vaya.
La paradoja del verano eterno
Cada temporada se repite la misma historia:
Los hoteleros anuncian que “no hay gente que quiera trabajar”.
Y acto seguido, sorprendentemente, tampoco hay intención de subir salarios.
Qué casualidad.
Es como si quisieran llenar un hotel de cinco estrellas pagando tarifas de hostal de carretera.
Luego se sorprenden de que la plantilla no aparezca mágicamente en recepción.
La solución milagrosa: mano de obra barata
Pero no pasa nada, porque siempre queda el plan B:
importar trabajadores de otros países, que acepten condiciones que aquí ya no cuelan.
Una estrategia brillante, salvo por un pequeño detalle:
cuando esos trabajadores también descubren que existe la palabra “derechos”,
el ciclo vuelve a empezar.
Y entonces llega el lamento anual:
“No encontramos personal cualificado”.
Claro, porque lo cualificado suele pedir algo tan extravagante como… un salario digno.
El relato heroico del empresario incomprendido
En esta narrativa, el hotelero es el verdadero mártir.
Un héroe moderno que lucha contra:
- la inflación,
- la competencia,
- y la peligrosa idea de que los empleados también tienen que pagar alquiler.
Mientras tanto, los beneficios del sector turístico baten récords año tras año.
Pero oye, que subir sueldos sería “insostenible”.
Lo que sí es sostenible es que el personal haga turnos dobles en agosto.
Milagros de la contabilidad creativa.
Conclusión: el mercado laboral no es magia
Quizá —solo quizá— si los salarios subieran al nivel de la responsabilidad,
si los horarios fueran humanos,
y si el trabajo se valorara como algo más que un gasto,
entonces sí habría gente dispuesta a trabajar.
Pero claro, eso sería demasiado fácil.
Mejor seguimos buscando al trabajador perfecto:
joven, formado, flexible, políglota, incansable…
y dispuesto a cobrar como si viviera en 1998.
Suerte con la búsqueda.
Los unicornios suelen aparecer cuando menos te lo esperas.
Sí, también aquí hay indignación para todos los gustos. Los empresarios se indignan porque “no encuentran personal”, los trabajadores porque “no encuentran sueldos”, y los espectadores porque “no encuentran lógica”. En España, la indignación es el único recurso verdaderamente inagotable: se renueva cada temporada, como los buffets de desayuno.
Bienvenido a la nueva entrada de Economía Cotidiana, donde la economía se entiende mejor desde la nómina que desde el BOE.
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